Mi niña del agua… Aitana

Hoy me topé con un blog sobre duelo gestacional y perinatal, estuve leyendo algunas historias y mientras leía, me vi identificada con ellas… Los que me conocen saben por qué me identifiqué, encontré partes de mi historia en algunos párrafos. Hace casi 4 años, perdí a mi primer bebé, por si han leído la sección “Sobre mí” de mi blog se habrán dado cuenta que empiezo mi descripción como “Mamá de Caetano, Murilo y Aitana (nuestro angelito)” y es que ella es mi ángel, es nuestro ángel, la personita que siempre recordamos Omar y yo y de la que les hablaremos a Caetano y Murilo cuando puedan entender un poco más sobre estas cosas. Decidí escribir sobre esto porque es algo que tengo como si fuera un nudo en la garganta, como un grito de silencio y hoy quiero contarles sobre Aitana, mi pequeña estrella.

En agosto del 2010 Omar y yo nos enteramos que seríamos papás, la noticia nos llenó de felicidad, nervios, dudas, la mezcla de sentimientos tan comprensible que sienten los papás primerizos. Todo parecía marchar de manera normal en el embarazo, no tuve muchas naúseas (casi nada), estaba más sensible, en las ecografías el bebé se mostraba normal, Omar y yo estábamos más que contentos retratando los momentos felices y esperando con ansias tenerlo en nuestros brazos. En la semana 24 de embarazo tenía programada hacerme la ecografía para saber si tendríamos un niño o una niña, además de verificar que todo iba bien. Con mucha ilusión fuimos a la clínica, los nervios se apoderaron de nosotros y luego el silencio del médico hizo que nos pusiéramos aún más nerviosos hasta que Omar preguntó si todo estaba bien, veíamos la pantalla pero no sabíamos qué era lo que aparecía en las imágenes. El médico nos dijo que el bebé no estaba bien, que tenía muchas complicaciones y que lo más probable era que no llegara a nacer. Fue increíble como en cuestión de segundos todo nuestro mundo se vino abajo, queríamos creer que era un error, que no era verdad lo que nos acababan de decir. Salimos de la clínica completamente desconsolados, con la cabeza hecha una maraña de preguntas ¿por qué? si todo estaba aparentemente bien… ¿Qué fue lo que pasó?

No queríamos resignarnos a creer que no podríamos tener a nuestro bebé, buscamos información, hablamos con la ginecóloga, con pediatras, pero lo que tenía Aitana era un higroma quístico extenso, nunca antes había oído ese término y nunca lo olvidaré. Nos hablaron de interrumpir el embarazo, de que no llegaría a término y que de llegar, el bebé viviría apenas unos minutos. Nosotros decidimos que continuaríamos hasta que el bebé decidiera que ya era el momento de descansar, continuamos como antes de que nos dieran la noticia, seguíamos hablando con ella, cantándole, festejando cada movimiento suyo y retratando su estadía en la casita (la panza de mamá). Recuerdo que cada vez que salía a caminar, le pedía que todavía no nos dejara, que me permitiera poder seguir disfrutando de su compañía, que me encantaba tenerla y sentir sus suaves movimientos en los que parecía decirme que no se quería ir.

Una mañana desperté sin sentir movimientos suyos (el día anterior los había sentido casi nada), fuimos de emergencia a la clínica, me llevaron a la sala de ecografías y allí me informaron que el corazón del bebé había dejado de latir, Aitana había partido. Me internaron ese mismo día, lo que se decidió era que tenían que inducirme el parto y fue una tortura. Estuve internada casi 6 días: revisiones, medicamentos, tactos, las preguntas clásicas, hasta que  llegaron las contracciones y Omar no estaba conmigo, estaba a unas horas de Lima, justo el día que empecé a sentir las contracciones tuvo que ir a cumplir con un trabajo y fue mi mamá quien me acompañó en la sala de parto. Las contracciones eran dolorosas pero el dolor de saber que la casita se quedaría vacía era peor, pujé con todas mis fuerzas deseando que no me arrebaten a mi pequeña, queriendo creer que estaba con vida y que quizá todo era un mal sueño. Cuando Aitana dejó su casita, dijeron que era una niña y me preguntaron si quería verla, dije que no y eso es algo de lo que me arrepiento hasta ahora, me arrepiento de no haber podido arroparla con mi calor, de no haber visto su carita, tocado sus manos y pies pequeños y no haberle dado un beso, eso me causa un profundo dolor. Quisiera contar que pude abrazarla y sentir su cuerpito acurrucadito en mi pecho, que la despedí llenándola de besos y de miles de “te amo”, que la acompañé con una última mirada mientras ella se alejaba. Cuando Omar llegó  ya había pasado todo, yo ya estaba en mi cuarto desolada, intentó consolarme y los dos terminamos llorando a mares pero también pudimos sentirnos tranquilos porque ella había elegido en qué momento partir, se fue tranquila y sintiéndose muy amada por nosotros. Él pidió que le dejaran ver a su bebé y pudo hacerlo, despedirse de ella y tener un pequeño recuerdo, un pequeño tesoro para nosotros, sus pequeñas huellas impresas en una tarjetita. Los que la vieron (Omar, mi mamá y Lore) dicen que se parecía a mí y en mi imaginación, trato de verla como cuando yo era pequeña y con una gran sonrisa, sé que ella debe estar feliz de vernos unidos, contentos y de saber que tiene dos hermanos, y aunque al principio fue inevitable que corrieran muchas lágrimas y muchos por qués, finalmente decidimos hacer a un lado todos esos por qués y continuar mirando hacia la vida.

Aitana partió un 17 de diciembre del 2010 y desde entonces no ha habido un solo día en el que yo no piense en ella, ahora ya con una sonrisa aunque a veces también con una lagrimita, pero de esas que son inevitables que se escapen cuando uno recuerdas cosas y momentos hermosos. Sé que allá donde ella está se encuentra tranquila, segura y que el amor que sentimos por ella traspasa universos infinitos y llega hasta ella para arroparla, para recordarle que siempre será nuestra niña.

A poco más de los dos meses de la partida de Aitana, Omar y yo nos enteramos que estaba nuevamente embarazada, al principio me quedé sorprendida, todavía me costaba asimilar la pérdida y además me asusté, no quería pasar lo mismo otra vez, aunque nos dijeron que lo que pasó fue una cuestión de azar, yo tenía miedo. No sé cómo hubiera podido seguir afrontando la pérdida si es que no salía embarazada a poco tiempo de la partida de Aitana, trataba de buscar actividades en qué ocupar parte de mi tiempo, me metí al gimnasio, a clases de portugués, iba a visitar a mis papás seguido. No pensaba en buscar un trabajo porque no me sentía con la disposición para empezar a trabajar nuevamente (tanto así que llegué a rechazar uno), también me asaltaban los pensamientos acerca de lo que la gente que me conocía y me vio embarazada podía llegar a pensar cuando me vieran sin panza y sin bebé, no quería sentirme señalada, tampoco quería sentir miradas de compasión, ni oír frases que trataran a fuerza hacerme sentir mejor, no quería consejos. Caetano llegó para que no me hundiera en el hueco que sin querer y sin saberlo estaba cavando, para demostrarme que sí era capaz de dar vida y de sonreír sin temor, llegó a cobijarse en la casita calientita que su hermana le había dejado, llegó para llenar mi corazón de más mundo y a pesar de los temores, llegó para demostrarme que ese amor de madre sólo estaba dormido, estaba y está presente.

Quiero compartir con ustedes un poema que la abuelita Lore escribió para nuestra niña y también la impresión de las huellitas de sus pies que Omar y Lore pudieron conseguir, ese es uno de nuestros hermosos tesoros ❤

Poema de la abuelita Lore y la impresión de sus huellitas.
Poema de la abuelita Lore y la impresión de sus huellitas.